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ACONDICIONAMIENTO, RECTIFICACIÓN Y REGULACIÓN DEL SEGURA

Acondicionamiento, rectificación y regulación del Segura"Porción de la vertiente mediterránea, la actual cuenca del Segura, segregada la del Vinalopó (2.340 km2), posee una extensión de 14.925 km2; y ocupa una posición periférica y meridional en la zona de circulación general del oeste, y a sotavento de la misma; resguardo este doble a causa no solo de su ubicación en el sector oriental de la Península Ibérica, que determina uno de carácter longitudinal, sino también del abrigo y efecto foehn que deparan los relieves béticos, causantes de otro orográfico.

   La cuenca del Segura incluye tres espacios diferenciados climáticamente, que, en conjunto, se suceden de noroeste a sureste, desde el gran nudo hidrográfico subbético, donde nacen el Segura y sus tributarios Madera, Zumeta, Tus, Taibilla y Mundo, el más caudaloso de ellos.

   El primero de dichos ámbitos es la gran herradura montañosa que configuran las sierras subbéticas de Segura, La Sagra, Taibilla, Alcaraz y Calar del Mundo; todas ellas suben de 1.500 m, y algunas (La Sagra, Taibilla) de 2.000. Ejercen una influencia decisiva en la totalidad de la cuenca, aunque de consecuencias dispares y opuestas: interceptan flujos y perturbaciones atlánticas a barlovento e incrementan las precipitaciones, que rondan en ciertos puntos 1.000 mm; en cambio, proyectan sombra pluviométrica sobre el resto de la superficie avenada, contribuyendo eficazmente a la escasez de precipitaciones en casi toda ella.

   El segundo de los referidos espacios corresponde al Noroeste de la Región de Murcia, donde se dejan sentir influencias mediterráneas y atlánticas, con ventaja de las primeras, matizadas por la continentalidad. En estas montañas, de influencia mediterránea dominante, nacen los ríos Moratalla, que suma las aguas del Alhárabe, Moratalla y Benamor, y Argos o Caravaca, cursos pluviales mediterráneos. Por último, la superficie menos lluviosa de la cuenca, que abarca Cuenca de Mula, Alto Guadalentín, Fosa del Biznaga y Guadalentín, Medio y Bajo Segura y, hasta el último cuarto del siglo XVIII, Medio y Bajo Vinalopó, se adscribe de pleno derecho a la seca Región Climática del Sureste Ibérico.

   Tiene origen el Segura en un modesto surgimiento de la jienense Sierra de Almorchón, la llamada Fuente de las Palomas; si bien se suele dar y tener por tal otro de más entidad, Fuente del Segura, a 1.412,7 m de altitud, en el paraje de la Sima del Pinar o Pinar Negro de la Sierra de Segura. Desde allí, hasta su desembocadura en el Mediterráneo, por Guardamar, recorre 319 km, longitud actual luego de un multisecular proceso de corta de meandros o «redención de vueltas» en las Vegas Media y Baja; cirugía fluvial que ha enderezado y canalizado el río entre la Contraparada y Guardamar, reduciendo el trayecto, entre ambos puntos, de 75 a 53 kilómetros.

   La red hidrográfica del Segura es ampliamente disimétrica: por la izquierda, solo llegan dos ríos, Madera y Mundo; el resto son cursos intermitentes, ramblas de funcionamiento espasmódico; los otros ríos (Zumeta, Taibilla, Moratalla, Argos) y ríos-ramblas (Quípar, Mula con el Pliego, Guadalentín) desembocan por la margen derecha. Como se ha indicado, la cuenca del Segura no posee un mismo régimen pluviométrico; y, por ende, tampoco su red hidrográfica resulta homogénea, ya que al río afluyen, sucesivamente, cursos pluvionivales atenuados (Madera, Zumeta, Tus, Taibilla, Mundo), pluviales mediterráneos (Moratalla, Argos) y semiáridos o ríos-ramblas (Quípar, Mula, Guadalentín y, hasta su disociación dieciochesca, Vinalopó), amén de los aportes esporádicos de ramblas y barrancos.

   Masachs conceptuó el régimen del Segura de «pluvionival subtropical» y Pardé lo consideró «oceánico-mediterráneo», definiciones que no son excluyentes, sino complementarias; y pueden, y deben, además, ser completadas. Por ello no hay inconveniente, al contrario, en caracterizarlo como pluvionival atenuado de raigambre atlántico-mediterránea, condicionado por relieve y roquedo, con aguas bajas estivales, fenómeno de filiación subtropical.

   Implícitamente, cuando en la definición del régimen del Segura se hace referencia a influencia atlántica y nieve, se subraya el papel de las aguas de cabecera, que, hasta la entrada en servicio del hiperembalse de Cenajo (1959) y aun hallándose ya en funcionamiento el de Fuensanta (1933), imponían su ritmo hasta la desembocadura, merced a los caudales del Alto Segura y del conjunto de afluentes pluvionivales atenuados. Poco suponen, en relación con ellos, las contribuciones de los ríos mediterráneos y de los ríos-ramblas. Sin embargo, la referencia a todos ellos, y de modo especial al nudo hidrográfico subbético y a los fabulosos aluviones de los ríos-ramblas, con la colaboración de ramblas y barrancos, integrados o no en sus redes, resulta indispensable para recordar un régimen fluvial ya inexistente; profundamente desnaturalizado por la intervención humana, proceso multisecular que merece capítulo aparte.

   En el transcurso de siglos, la derivación de aguas fluyentes, para asegurar, acrecentar y diversificar cosechas, ha permitido, con la expansión del regadío, la transformación del llano de inundación en vega, si bien con las inquietantes y temibles amenazas de sequías e inundaciones, riesgos estos enfrentados con iniciativas varias. Dichos peligros y, más aún, los objetivos permanentes de asegurar abastecimiento de agua a las poblaciones y evitar la parvedad o, con frecuencia, pérdida íntegra de las cosechas, motivaron una serie de acciones causantes de la desnaturalización radical del Segura y su red afluente.

   Además de viejos azudes rehechos, azacayas o ñoras restauradas y boqueras abandonandas, dichas realizaciones, con excepcionales iniciativas en las centurias precedentes, pero referibles básicamente al siglo XX, incluyen pantanos en los afluentes, hiperembalses en el Segura, presas de laminación de avenidas, trasvases, estaciones de bombeo, rectificación y encauzamiento de la corriente.

   Rasgo esencial de la cuenca del Segura es la diversidad: morfológica, climática y, por ende, pluviométrica e hidrográfica (cursos pluvionivales, pluviales mediterráneos, ramblas y ríos-ramblas); y, en conexión con esta última, amplia diferencia histórica de disponibilidades hídricas, incluso en el mismo marco de la Depresión Prelitoral Murciana; con espacios, a dicho efecto, tan contrastados como las Vegas Media y Baja del Segura (Huertas de Murcia y Orihuela), y el Alto Guadalentín (el regadío lorquino, el más extenso de los deficitarios tradicionales de la vertiente mediterránea española). Sin duda, fue este último la referencia de Jean Brunhes para afirmar, como síntesis y resumen, al describir, de mano maestra, la dramática subasta del turno de riego en el Alporchón de Lorca, que «c’est un spectacle très imposant que celui de toutes ces têtes noires ainsi massées, ainsi tendues, ainsi attentives qui ne pensent toutes qu’à l’acquisition, au meilleur compte, du bien par excellence, l’eau» (el énfasis tipográfico es nuestro). Y, ciertamente, la aseveración no pecaba, en modo alguno, por exceso. Tras la supresión definitiva de mayorazgos por el Real Decreto de 30 de Agosto de 1836, cuyo artículo primero restableció «en toda su fuerza y vigor el decreto de Cortes de 27 de septiembre de 1820…», como expresión del intenso apego a los derechos de agua, entonces desvinculados, cabe recordar que sus titulares, dominados por el anhelo de perpetuar la propiedad en su descendencia, establecieron prohibiciones de enajenar o usufructos sucesivos, al amparo del artículo 787, en relación con las sustituciones fideicomisarias del 781, del Código Civil. Casos hubo de meros usufructuarios con indeterminación de los nascituri llamados a ser nudos propietarios: el recuerdo de la amplia e importante tradición vincular perduraba con fuerza entre los sucesores, a una o varias generaciones, de fenecidos mayorazgos.

   Las iniciativas para incrementar las disponibilidades hídricas madrugaron, seiscientos años atrás, en los dos grandes regadíos deficitarios de la cuenca del Segura, lorquino e ilicitano, articulados en torno a sendos ríos-ramblas, disociadas en ambos las propiedades de agua y tierra. Contra una creencia generalizada y, sin embargo, errónea, la primera opción no fueron los pantanos, sino largos viajes de agua, procedentes de las cuencas de Guadalquivir y Júcar, respectivamente. Desde el otoño de la Edad Media, la del Segura y espacios aledaños fueron observatorio privilegiado, por su impar ejecutoria hidráulica, para evaluar actuaciones de esta naturaleza y las sucesivas políticas del agua. Algunas intervenciones revistieron carácter específico, limitado a dicho ámbito, pero desde los albores de la planificación hidráulica en España fueron, salvo alguna excepción, como la que supuso el Plan General de Canales de Riego y Pantanos (1902), parte destacada de aquella. Entre las primeras figuran el proceso multisecular, más de cuatrocientos años, de cirugía fluvial para destorcer o enderezar el curso del Segura mediante la corta de meandros o «redención de vueltas», culminada en las postrimerías del siglo XX con la ortopedia de la canalización entre la Contraparada y Guardamar; asimismo, la segregación de la cuenca del Vinalopó, finalmente encauzado y desviado a la Albufera de Elche sirviéndose del Azarbe Nuevo o de Arriba; el rescate de la concesión de Puentes III (1929) y la adquisición, por mutuo acuerdo o expropiación, de las aguas de particulares en el Guadalentín (1929-1931); y también el abandono de terrazas y boqueras, en el último tercio del siglo XX, con la subsiguiente desorganización de los aprovechamientos de aguas de llenas o turbias.

   Encuadrados en planteamientos de mayor alcance espacial y político, hitos sobresalientes de la referida trayectoria hidráulica constituyeron: en sus orígenes, la construcción de pantanos, entre los siglos XVI y XVII, en las cuencas del Vinalopó (Elche, 1632) y Guadalentín (intento frustrado en Puentes, 1647); resonante fracaso del Canal de Murcia, Carlos III o Huéscar (1774-1785), pródigo en consecuencias; sorprendente anticipación de futuro (embalse-contraembalse, hiperembalse) en los pantanos dieciochescos de Valdeinfierno-Puentes II («En efecto, a pesar de las contradicciones que hallan siempre todos los genios activos, se ha conseguido construir dos pantanos: el uno enteramente concluido y el otro que ha llegado a más de la mitad, que pueden embalsar un número increíble de millones de varas cúbicas de agua, y han empezado ya a servir para crecidos riegos en el año pasado...», Testamento político de Floridablanca, 1792); rotura de Puentes II (1802), creación ese mismo año de los Estudios de la Inspección General de Caminos o Estudios de Hidráulica del Buen Retiro, y utilización argumental de la catástrofe en la polémica internacional sobre los pantanos de la segunda mitad del ochocientos; excepcional celebridad de la «Riada de Santa Teresa» (1879), Congreso contra las inundaciones de la Región de Levante (1885), Proyecto de obras de defensa contra las inundaciones en el valle del Segura (1886) de García Hernández y Gaztelu Maritorena; concurso de adjudicación (13 de junio de 1879) y construcción (1881-1885) de la tercera presa en Puentes; marginación de la vertiente mediterránea en el Plan General de Canales de Riego y Pantanos o «Plan Gasset» (1902); creación de la Confederación Sindical Hidrográfica del Segura (1926); fundación de la Mancomunidad de los Canales del Taibilla (1927); construcción del hiperembalse de Fuensanta (1930-1933); Plan de Mejora y Ampliación de los Riegos de Levante (I Plan Nacional de Obras Hidráulicas, 1933); Proyecto de aprovechamiento de parte de las aguas sobrantes del Ebro para la ampliación y mejora de los riegos de Levante (Félix de los Ríos Martín, 1933 y 1937); construcción de los contraembalses de Cenajo y Camarillas (1947-1960 y 1932, 1953-1961); Acueducto Tajo-Segura (1968-1979); fallido Anteproyecto de Plan Hidrológico Nacional (1993); Plan Hidrológico Nacional (2001); Ley 11/2005, de 22 de junio, por la que se modifica la Ley 10/2001, de 5 de julio, del Plan Hidrológico Nacional; la desalinización, panacea universal y procedimiento ordinario de obtención de recursos hídricos en el Programa AGUA (2005); restricciones al Trasvase Tajo-Segura (2015) y Planes Hidrológicos de las Cuencas del Tajo (2014) y Segura (2014).

   Si se exceptúa la navegación –salvo que se tenga por tal la de las barcas de paso, canoas deportivas o alguna referencia mítica–, todos los usos del agua jerarquizados en el Real Decreto de 29 de abril de 1860, Ley sobre dominio y aprovechamiento de aguas, de 3 de agosto de 1866, y Ley de Aguas de 13 de junio de 1879, han estado presentes o permanecen en el Segura. Con posterioridad, la Ley 29/1985, de 2 de agosto, de Aguas y el vigente Texto Refundido de la Ley de Aguas (2001) han remitido a las prioridades establecidas por los Planes Hidrológicos de cuenca; aprobado recientemente el último del Segura (2014), contiene la actual. Los usos del agua más importantes han sido, y son, el abastecimiento a poblaciones y el aprovechamiento agrícola, a los que los denominados caudales ecológicos suman las limitaciones de uso ambientales; al tiempo que desapareció un aprovechamiento de tanta trascendencia y conflictivo como la flotación de maderas, estorbada en el Mundo por el pantano de Talave (1918) e impedida en el Alto Segura, desde 1930, por el hiperembalse de Fuensanta; el aprovechamiento tradicional de la energía hidráulica fue reemplazado, desde comienzos del siglo XX, por la producción de energía hidroeléctrica, relativamente modesta en la cuenca del Segura.

   Por último, unas apretadas conclusiones cierran el libro, que caracteriza el régimen fluvial desde la perspectiva climática, al tiempo que sintetiza una intervención humana multisecular, que ha transformado el lecho mayor o de inundación en vega, con hitos tan destacables como la creación de lugares alfonsinos o la erección de las Villas Eximidas, denominadas impropiamente Pías Fundaciones; invertido el ritmo circulatorio de las aguas y menguadomucho su abundancia; recortado la superficie de la cuenca del Segura, con la segregación de la del Vinalopó; y reducido, merced a la «redención de vueltas» o corta de meandros, la longitud del curso.

 Antonio Gil Olcina"

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